Maya llegó a su apartamento pasadas las once de la noche, con el cuerpo cansado y la mente demasiado despierta. Cerró la puerta con cuidado, por pura costumbre, como si alguien pudiera quejarse del ruido… aunque vivía sola desde hacía años. El lugar era pequeño, pero funcional. Un sofá viejo de segunda mano que crujía al sentarse, una mesa redonda que servía para todo, desde comedor hasta escritorio o incluso mesón de cocina, pues su cocina era tan estrecha que tenía que decidir si abría la nevera o el cajón de los cubiertos, porque ambas cosas al mismo tiempo eran imposibles, y no había mesón, solo el lavaplatos y la estufa. Dejó las llaves en el platón de cerámica junto a la puerta, se quitó los zapatos y caminó descalza hasta la cocina. Abrió la nevera y la miró con resignación: leche, huevos, un trozo de queso y un envase de comida recalentada que llevaba ahí más días de los que quería admitir. —Mañana —murmuró—. Mañana cocino algo decente. Se sirvió un vaso de agua y apoyó
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