— A tu disposición tendrás a varias personas, para que te ayuden en todo momento. — Dijo Gabriel mientras acariciaba la panza ya ligeramente prominente de Alexandra, su voz suave, casi protectora.Alexandra rodó los ojos con una sonrisa.— No estamos en la etapa medieval, y tampoco soy de la realeza como para tener personas detrás de mí todo el día.— No es por realeza — respondió él, inclinándose para besarle la frente —. Es porque eres mi esposa… y estás llevando a mi hijo.Ella no contestó, pero su mano cubrió la de él sobre su vientre. Aún le costaba acostumbrarse a esa frase: mi hijo. Nuestro hijo.Había pasado una semana desde que el médico confirmó que todo avanzaba bien. Una semana en la que Gabriel reorganizó su vida con una disciplina casi obsesiva. Iba a la oficina temprano, regresaba a media tarde sin excepción. Delegaba reuniones, rechazaba cenas corporativas, cancelaba compromisos sociales. A las cuatro o cinco ya estaba de vuelta en la mansión.Siempre llegaba con algo:
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