Enterramos a Esperanza en el mismo jardín donde nació Aeron, y por primera vez en treinta años, Aria no lloró.El cielo sobre Valdoria se había oscurecido con miles de naves que orbitaban el planeta. Representantes de cada mundo de la Confederación habían acudido al funeral de la niña que salvó la realidad cuatro veces antes de cumplir dieciocho meses de vida. Las banderas ondeaban a media asta, los motores de las naves guardaban silencio respetuoso, y en el jardín del palacio, donde las rosas blancas habían florecido incluso en invierno desde el nacimiento de Aeron, ahora crecían flores plateadas que nadie había plantado.Aria permanecía de pie junto a la tumba, vestida completamente de negro, su rostro una máscara de mármol tan impenetrable que parecía tallada en piedra. El viento movía su cabello oscuro, pero ella no parpadeaba. No se mov&iac
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