El césped húmedo se pegaba a las rodillas de Evander, pero él no le daba importancia. Su hijo mayor, con los dedos hundidos en la tierra, analizaba una huella invisible para cualquier otro ojo.—¿Sientes el rastro, hijo? —preguntó Evander, su voz un murmullo bajo que imitaba la cadencia del bosque.El niño frunció el entrecejo, concentrado. Sus ojos, azules y profundos, se clavaron en la marca.—Huele a pino, papá. Y a algo más... ¿humedad? —respondió el pequeño, levantando la vista con un brillo de triunfo.Evander sonrió, una curva lenta que le suavizó todo el rostro. Colocó una mano grande sobre el hombro de su hijo.—Huele a zorro joven. Ha pasado hace apenas unos minutos. Bien hecho. Eres preciso.En ese instante, el crujido del césped anunció la llegada de Iris. Sostenía a la recién nacida, envuelta en lino claro. La bebé, despierta, movía sus manos diminutas buscando el aire. Evander se puso en pie de un salto, dejando atrás su postura de instructor para convertirse en el prote
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