—¿Puedo entrar, corderito?—Por supuesto —respondí. Mi voz sonaba débil, pero no triste ni abatida, solo cansada.—Lo siento muchísimo, mi amor. No tenía idea de que eras tú, o lo habría dicho antes. Sé que mi papá dijo que nos lo ocultó para no empeorar la imagen que tenías de mí, pero creo que era algo que debíamos saber. Y todo lo demás por lo que te hice pasar... No sé si puedas perdonarme —Se veía tan triste. Odiaba esa expresión en él.Estaba arrodillado junto a la tina, con el rostro cerca del mío. Extendí los brazos y sostuve sus mejillas entre las manos, mirándolo directo a los ojos verde esmeralda.—No queda nada que perdonar. Cada día me demuestras que estás tratando de ser mejor para mí, para nosotros.—Todo lo que perdiste podría haberse evitado...—No lo sabemos. No sabemos si esos lobos solo te estaban persiguiendo a ti. No sabemos si nos habrían atacado de todas formas, aunque tú no hubieras estado en el camino o hubieras salido a otra hora. No puedo ponerme a lamentar
Leer más