Maya alzó la mirada y se encontró con aquellas pupilas oscuras que la observaban fijamente. Su corazón se encogió y, aun así, logró mantenerse serena.—Puedo irme. No hay necesidad de que la haga esperar abajo.Alexander apoyó ambos pies en el suelo y se puso de pie.El gesto fue simple, pero hizo que el corazón de Maya latiera con más fuerza. Su impulso de huir se intensificó, pero sus piernas parecían haber echado raíces en el suelo.Alexander se acercó a ella. Su imponente figura envolvió su esbelto cuerpo mientras sus dedos ásperos sujetaban su barbilla y la levantaban ligeramente, obligándola a mirarlo de frente. Sus ojos, afilados como los de un halcón, la atravesaron.—¿No sientes curiosidad por el informante? —preguntó en voz baja—. ¿Hmm?—No —respondió Maya con firmeza.El rostro de Alexander se inclinó hacia ella y sus finos labios rozaron la sensible piel junto a su oreja. Luego, su voz grave y ronca susurró:—Yo sí.Tras decir eso, la soltó, pasó junto a ella y salió de la
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