NarradorNueva YorkEl club estaba lleno esa noche.El humo de los cigarrillos formaba una neblina espesa bajo las lámparas bajas, y el sonido del contrabajo vibraba como un pulso lento, casi íntimo. El jazz no pedía permiso: se deslizaba por las mesas, se colaba en las copas de whisky, se enredaba en las miradas largas y en las manos que se buscaban bajo los manteles.Elena cantó como si el escenario fuera un refugio.Vestía de negro está vez, muy congruente con su ánimo, un vestido que se ceñía a su cuerpo como una promesa peligrosa. Su voz, grave y lenta, llenó el club con una melancolía dulce, casi dolorosa. No cantaba para el público. Cantaba para una ausencia. Carlos no estaba.Ella lo supo desde la primera nota. Desde el primer compás.Carlos siempre estaba ahí cuando ella cantaba. Siempre, incluso cuando no podía acercarse, incluso cuando tenía reuniones, incluso cuando debía fingir que ella no existía.Pero esa noche, su mirada no lo encontró.El aplauso fue largo, entusiasta
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