Dorian arrojó la carta sobre el escritorio con fuerza, como si el papel le hubiera quemado la piel.—Carajo, Francine… ¿de verdad tenía que ser tan drástica? —murmuró, con la mandíbula tensa.Denise, que estaba cerca, levantó el rostro con una mezcla de cautela y curiosidad.—Dorian, ¿qué fue exactamente lo que le hiciste a esa chica?Él soltó una risa corta, amarga.—Nada. Fui un imbécil, eso es todo.Se pasó las manos por el cabello, intentando ordenar los pensamientos que se atropellaban en su mente.El peso del silencio lo asfixiaba hasta que, de pronto, un recuerdo apareció: el día en que encontró a Francine en la ciudad, almorzando con una amiga.Se giró hacia Denise, impulsivamente.—Esa amiga de ella… ¿cómo se llamaba? ¿Sabes en qué sector trabaja?La gobernanta pensó un instante.—Si te refieres a Malu, trabaja en la cocina.—¡Eso! ¡Malu! ¡Recuerdo que ella mencionó ese nombre! —sus ojos brillaron por un segundo, como quien ve una rendija de luz en la oscuridad—. Gracias, Den
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