ConstanzaMe cuesta algunos segundos poder atravesar la puerta, porque me imagino lo peor. Creo que estará con el cuerpo quemado, que le han arrancado alguna extremidad y que nunca volverá a ser el mismo. Sinceramente, a mí no me importa nada de eso, porque lo amo más allá de lo físico, pero verlo privado de alguna capacidad por mi culpa es algo que sé que jamás me podré perdonar en la vida.—Tiene que entrar, señora —me dice el doctor—. Su marido necesita verla en estos momentos.—Lo sé —suspiro—. Sé que sí, pero quiero prepararme para saber qué decirle. No quiero saber qué le pasó, no podría soportarlo.—El señor Davenport es fuerte —me asegura—. Es demasiado pronto para asegurarlo, pero estoy casi seguro de que va a lograr recuperarse.Aquellas palabras son las que me dan la valentía que necesito para entrar por fin. Las lágrimas se me saltan al ver a mi esposo lleno de cables y vendas que cubren sus heridas. Incluso su rostro está cubierto de vendas, pero puedo ver sus ojos, que m
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