Cuando el diablo cobra su deuda, no acepta moneda—solo almas.La pantalla del ordenador portátil proyectaba un resplandor azulado sobre los rostros reunidos en la sala de conferencias del sexto piso. Alejandro observaba esa luz con una sensación de presagio que le erizaba la piel. Habían pasado exactamente cuarenta y ocho horas desde que los gemelos recibieron el compuesto Beltrán, treinta y seis desde que Gabriel exhaló su último aliento, y seis desde que la Doctora Moreau pronunció la palabra que todos necesitaban escuchar: estables.Pero la estabilidad, como Alejandro había aprendido en sus años construyendo imperios, era siempre temporal.Don Ricardo ajustó el ángulo de la pantalla con manos que no temblaban—nunca temblaban, ni siquiera ahora. Camila estaba sentada junto a Alejandro, su mano descansando protectoramente sobre su vientre aún plano. Catalina ocupaba
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