Ethan llamó a la puerta de la mansión a las diez de la mañana.No había avisado. No había enviado un mensaje previo ni había pedido permiso para venir, lo cual en cualquier otro contexto habría sido el tipo de descortesía que Tamara habría notado y archivado. Pero cuando el mayordomo de la mansión, un hombre suizo de pocas palabras y mucha eficiencia que llevaba años en el servicio, le informó que había un hombre en la puerta que preguntaba por ella y que no tenía tarjeta pero que dio su nombre, Tamara supo antes de escucharlo que era Ethan y supo también que el hecho de que hubiera venido sin avisar era en sí mismo información sobre el estado en que se encontraba.
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