Cuando mortal se convierte en dios, el mundo no celebra—tiembla.El cráter aún humeaba. No con fuego ordinario, sino con algo más antiguo—vapor que olía a ozono y tormenta primordial, a la primera respiración del cosmos antes de que la luz tuviera nombre. Seraphine Kieransdóttir—Sera, aunque ese nombre parecía ahora insuficiente—permanecía en el centro exacto de la destrucción que había creado, sus pies descalzos sobre tierra cristalizada que brillaba con patrones geométricos imposibles.Su cuerpo emanaba luz. No el resplandor dorado de su magia curativa, sino algo más complejo—oscuridad plateada que pulsaba como latido de corazón, sombras que contenían estrellas, claridad que dolía mirarla directamente. Su cabello flotaba alrededor de su rostro como si estuviera sumergida en agua invisible, cada hebra moviéndose con voluntad pro
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