EPÍLOGO — Un nuevo Camino Había pasado exactamente un año desde que el búnker de la Corporación Ardeón se convirtió en una pira de silicio y soberbia. Un año desde que Camilo Ardeón, en su último suspiro de malicia, le arrebató a la manada su posesión más valiosa: el anonimato.Tao caminaba por el sendero que conectaba la aldea vieja con los nuevos asentamientos. Ya no vestía como el joven impulsivo de antes. Llevaba una túnica de lino oscuro y cuero, y en su brazo derecho lucía una marca grabada a fuego: el símbolo de la Amalgama. A su paso, los lobos de la Guardia de la Reina inclinaban la cabeza. Ya no había rastro de las luces rojas en sus ojos; ahora eran hombres y mujeres que aprendían, con dificultad, a ser libres de nuevo.Se detuvo frente al hospital. Aña estaba sentado en un banco de madera, tallando una pieza de cedro con una mano lenta pero precisa. A pesar del año transcurrido, las cicatrices de la plata fundida seguían marcando su cuello como venas de ceniza. El sexto h
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