Iris La puerta cruje ligeramente al abrirse. Él está ahí, una silueta recortada en la penumbra del pasillo. No dice nada. Su silencio pesa más que cualquier reproche. Entra y cierra la puerta tras él con una calma que me hiela la sangre. Nuestra habitación, antes un refugio, se ha convertido en una arena. —Iris. Su voz es ronca. Se acerca a la cama donde estoy sentada, apoyada contra la pared. Se sienta a mi lado, el colchón hundiéndose bajo su peso. Su mano se posa sobre mi tobillo, desnudo bajo la bata. Un contacto que antes me inflamaba. Hoy, mi piel se cubre de escalofríos, pero no de los buenos. —Déjame, Marc. Por favor. Estoy agotada. Ignora mi súplica. Sus dedos suben por mi pantorrilla, una caricia lenta, posesiva. Cierro los ojos, inte
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