GalaEstábamos en la cocina cuando llegó la carta.Guille estaba detrás mío, apoyado contra la mesada, con los brazos rodeándome la cintura y la boca distraída en mi cuello, como si ese gesto cotidiano fuera su manera silenciosa de recordarme que estaba ahí, que seguíamos ahí, incluso cuando el mundo parecía empeñado en sorprendernos a destiempo.La casa estaba en calma.Los chicos estaban en la escuela y en la guardería, y ese silencio breve, casi prestado, se sentía como un lujo. Guille había vuelto la noche anterior de una competencia regional. Todavía llevaba en el cuerpo el cansancio del viaje y esa energía eléctrica que le quedaba siempre después de pelear.—Un paso más cerca del campeonato mundial —había dicho al entrar, con una sonrisa que no necesitaba alardes.Les entregó el cinturón a los chicos como si fuera un tesoro compartido, no un trofeo propio. Vicente lo levantó con esfuerzo, Facundo lo tocó como si fuera algo sagrado, y Josefina aplaudió sin entender del todo, pero
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