La lluvia golpeaba los cristales del edificio comercial con una insistencia metálica. Desde el piso dieciséis, Tokio se extendía como un organismo luminoso que pulsaba en la oscuridad, ajeno al drama que se desarrollaba en aquella sala de reuniones clandestina. Hiroshi Tanaka observaba el paisaje urbano con las manos entrelazadas a la espalda, consciente de que cada segundo de silencio incrementaba la tensión en la habitación.Detrás de él, sentados alrededor de una mesa de caoba oscura, aguardaban tres hombres cuyas lealtades pendían de un hilo tan frágil como el cristal que los separaba del vacío. A su izquierda, Kenji Matsumoto, el intermediario que había orquestado aquel encuentro imposible, tamborileaba los dedos sobre la superficie pulida con un nerviosismo apenas contenido. A la derecha, dos figuras que representaban facciones opuestas de un conflicto que había ensangrentado las calles
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