Leonel había visto a Silvina desde lejos y, tras estacionar el coche, caminó hacia ella con pasos largos y decididos. Llevaban unos días sin verse, y él tuvo la impresión de que Silvina se veía aún más hermosa que antes. Podía escuchar los latidos acelerados de su propio corazón. Qué ridículo —pensó—, ¿desde cuándo había perdido así el control?Silvina lo miró con sorpresa, mientras Leonel, fingiendo indiferencia, preguntó con voz arrogante: —¿Descubriste algo?Al oír aquello, Silvina volvió en sí de golpe. Recordó que había sido ella quien lo había llamado por impulso y, en ese instante, deseó poder cortarse la mano que había marcado su número. —¿Yo? ¿Tú me pediste que investigara? Ni siquiera traje asistente conmigo... Solo te avisé por cortesía —respondió ella con el mismo tono altivo.Sí, eso era lo correcto. Después de todo, todavía estaban peleados.Leonel levantó la mirada hacia la distancia; bajo el borde de sus ojos alargados brillaba una sonrisa que intentaba conten
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