CINCO AÑOS DESPUÉS:La inauguración del "Centro Cultural Walker-Undurraga" no fue el evento social del año por el lujo, sino por lo que representaba. Situado en el corazón de la ciudad, el edificio era una oda a la transparencia: una estructura de vidrio y acero que parecía flotar.Invitaba a cualquiera a entrar, sin los muros opresivos que solían definir las construcciones de Max en su otra vida. En este espacio, la luz no era un invitado, sino el cimiento mismo sobre el que se erguía nuestra nueva realidad.Me detuve frente al gran mural del vestíbulo, sosteniendo la mano de un pequeño Mateo de cuatro años que tiraba de mi vestido con curiosidad. A mi lado, Isidora, con sus rizos castaños ahora domados en una coleta elegante, miraba la ceremonia con la seriedad de quien comprende que algo importante está ocurriendo.Max estaba frente al micrófono. Se veía imponente; su rostro tenía las líneas de expresión de un hombre que finalmente duerme con la conciencia tranquila, pero mantenía
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