Milán se había sumido en una paz extraña, casi antinatural, una calma que parecía más un alto al fuego que una conclusión definitiva. Había pasado un mes exacto desde que la antigua fundición de los Moretti se convirtiera en la pira funeraria de un imperio criminal, y el mundo exterior todavía intentaba procesar los escombros de lo que los medios llamaban "El Gran Borrado". En las noticias, los analistas financieros, con sus rostros de gravedad ensayada, hablaban del colapso de los Volkov como el misterio más grande de la década. Nadie mencionaba la sangre, ni el código de Casandra, ni el testamento de un abuelo paranoico. Para el mundo, los Volkov simplemente habían dejado de existir, como si una mano invisible los hubiera borrado del libro de la realidad.Isabela observaba el tráfico desde el inmenso ventanal del ático, viendo cómo las luces de los coches fluían como un río de oro por las arterias de la ciudad. La vida, con su persistente e insultante indiferencia, continuaba.—Es e
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