Para Gabriel, eso no era posible. Después de todo, como amigo, no iba a quedarse de brazos cruzados viendo a Diego hacer cualquier cosa con los dos bebés.Un niño, desde que nace, es una vida; a su alrededor pasan muchas cosas que nadie controla. Ni siquiera Diego se atrevería a hacer lo que le diera la gana, porque, aunque Gabriel no pudiera detenerlo, el abuelo seguía ahí. Cualquiera que quisiera a los dos bebés se volvería un problema para Diego.Por supuesto, Gabriel tampoco podía negar que Diego siempre lograba sorprenderlo. Competía bien y sabía quitarle las cosas a los demás.Recordaba que, antes del cumpleaños de Eduardo, cuando vio a Alejandro y a Sofía caminando de la mano, las ganas se le fueron de golpe. Fue como aceptar el destino de un momento a otro: había planeado cómo conquistar a Sofía, pero antes siquiera de actuar, el final ya estaba escrito.Todavía se lamentaba de haber sido demasiado lento.Después vio la caída de Diego, lo vio humillarse, recibir golpes muy duro
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