Tardé cuatro días y medio en construir el perfil de Isabel Montoya.Era el más complejo que había hecho. No porque la información fuera escasa sino porque era abundante y aparentemente contradictoria hasta que encontrabas el principio organizador que la hacía coherente.Había dos versiones de Isabel Montoya.La primera: una empresaria exitosa con historial limpio, reconocida en su sector por la solidez de sus decisiones y su discreción.La segunda, que emergía entre los datos que no aparecían en ningún perfil público: una mujer que había perdido su primer negocio a los veintinueve años, que había reconstruido desde cero durante cinco años, y que en los últimos trece había estado ejecutando un plan cuyo objetivo no era la riqueza —que ya tenía— sino la posición.La posición que Rafael Martínez y Ernesto Valente le habían quitado.El principio organizador era simple: no quería destruirlos. Los dos estaban muertos o fuera del tablero. Lo que quería era ocupar el espacio que habían
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