El tiempo no curó todo, nunca lo hace; tampoco borra ni reescribe. No deshace lo que ya fue, pero enseña.Enseña a respirar sin que cada inhalación duela, a despertar sin que el primer pensamiento sea una herida, y a caminar sin mirar atrás en cada paso.Tres meses, eso fue lo que necesitó Rebecca para volver a reconocerse frente a un espejo, sin buscar a alguien más en su reflejo.Al principio había sido extraño, mirarse y no ver la versión de ella que había existido dentro de la mansión Montenegro. Esa Rebecca que vivía bajo reglas, bajo miradas, bajo decisiones que nunca habían sido completamente suyas. Ahora era distinta, o tal vez siempre había sido así y recién ahora lo estaba descubriendo.Su departamento era pequeño, nada que ver con el lujo frío al que se había acostumbrado, sin embargo, tenía algo que ese lugar jamás tuvo: alma.Las ventanas dejaban entrar la luz sin permiso, el viento movía las cortinas sin miedo, el silencio era un silencio vivo, uno que no escondía nada.
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