La fachada estaba descascarada. Dos ventanas rotas, una luz amarilla parpadeando sobre la entrada y el olor a humedad vieja filtrándose desde las grietas del concreto. El tipo de edificio que llevaba años ahí sin que nadie recordara cuándo había llegado. Ni para qué. La puerta trasera daba a un callejón estrecho. Húmedo. Con basura acumulada contra las paredes y el olor rancio de agua estancada. Dos hombres custodiaban la entrada. No parecían nerviosos. No parecían atentos. Uno estaba recargado en la pared, fumando. El otro revisaba algo en su teléfono, el brillo azul reflejándosele en la cara. No vieron la figura que apareció al fondo del callejón. Vestía completamente de negro. La ropa se ajustaba al cuerpo como una segunda piel, marcando hombros anchos, brazos firmes, una espalda hecha para la fuerza. Cada movimiento era silencioso, medido. Las botas no resonaban contra el suelo. El pasamontañas cubría el rostro por completo, dejando solo los ojos en sombra. Avanzó sin pri
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