Nick se encierra en su habitación al caer la noche, impulsado por una determinación ciega y desprovista de las vacilaciones que lo han mantenido de rodillas durante las últimas semanas. Ha tomado una decisión irrevocable: va a confrontar de una vez por todas el misterio del azogue. No está dispuesto a seguir tolerando las dudas corrosivas, las llamadas espectrales ni los informes crípticos de la gerencia. Necesita una respuesta definitiva, aunque el precio sea su propia cordura.Apaga cada una de las luces del departamento, sumiendo el espacio en una oscuridad total que solo es quebrada por la claridad mortecina que asciende desde los faroles de la calle. Toma asiento en la silla de madera, justo en el centro geométrico de la sala, frente a la superficie plomiza, y se dispone a esperar. Minuto tras minuto, el segundero del reloj de pulsera avanza en la penumbra sin que la réplica registre la menor alteración. Su imagen permanece allí, imitándolo en la inmovilidad. Sin embargo, Nick per
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