2. Tentaciones

Bella

Desperté sintiendo los parpados pesados. Me dolía la cabeza y me hormigueaban las manos. Reconocí la habitación de un hospital cuando abrí lentamente los ojos hasta acostumbrarlos al nuevo cambio de luz.

Escuché un par de voces muy cerca, supe de inmediato quienes eran. Sebastian y Carlo murmuraban cosas casi sin sentido, ni siquiera los veía, pero difícilmente podría confundir sus voces.

¿Cuánto tiempo había pasado? Cuestioné al verme vestida con una típica bata blanca de hospital.

Alguien tocó mi mano, erizándola, palma con palma. Comprendí inmediatamente que se trataba de Carlo, el muy soberbio tenía la particularidad de no entrelazar dedos, según él, aquella tontería era de enamorados, y un arrogante como él, no se enamoraba.

—Hola, piccola. —Susurró depositando un beso mi frente.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —Quise saber, buscando detrás de él la silueta de Sebastian, pero esta desapareció a través de la puerta.

—No demasiado, según el médico, tuviste una fuerte impresión que te provocó el desmayo.

Tragué en silencio y mordí el interior de mi mejilla. Lo último que recordaba antes de perder el conocimiento, fue ver como los ojos de Sebastian brillaban impetuosos desde arriba.

—Voy a echarle muchísimo de menos. —Confesé de pronto, él supo entender que hablaba de Mauro.

—Lo sé, pero yo estaré aquí para ti, siempre—Fue reconfortante saberlo—. Descansa un poco más, ¿de acuerdo?

Asentí.

Me quedé sola dentro de la habitación, saboreando un silencio que me perseguiría por mucho tiempo. La vida sin Mauro era así, como si nadie hablara.

La nueva realidad sabía que golpearía fuerte. Esa tarde en todos los medios televisivos aun seguían transmitiendo la noticia. Usaban una foto de él de hacía ya unos cuantos años, sonreía.

No pude evitar las lágrimas. Por supuesto que Mauro siempre sonreía, era tan propio de él.

—No te atormentes más con eso. —Contuve el aliento cuando reconocí la sombra de Bastian junto a la puerta.

Estaba recargado sobre el marco de esta y se cruzaba de brazos.

Imperioso como siempre.

—Me observabas… —Le miré, pero no por mucho tiempo. Era extraño como en esa ocasión no podía sostenerle la mirada.

—Siempre es un placer hacerlo. —Caminó en mi dirección, lento pero seguro de los pasos que daba—. No quería irme sin saber cómo estabas.

—¿Te importa acaso?

—No sigas con este juego déspota, Isabella, yo también estoy sufriendo. —Espetó y me observó como si fuese a devorarme en cualquier momento.

—¿Y tú por qué sufres, Sebastian? Ilumíname. —Le reproché con una sonrisa que poco carecía de gracia.

—Tú has perdido un hermano… —Respondió consternado—. Pero yo también he perdido a mi mejor amigo.

—Yo no solo he perdido a mi hermano, también he perdido al hombre que amaba… —Añadí cabizbaja—. A los dos el mismo día.

Escuché un suspiro al bajar la mirada.

—A mí todavía me tienes. —Dijo bajito y yo de pronto me sentí asfixiada.

—No de la forma en que quisiera.

—Joder, Bella, tienes dieciocho años —Masculló con los dientes apretados, como si solo esa idea le frustrara.

—¿Y que tu tengas veintisiete lo hace diferente? —Lo cuestioné—. Además, cumpliré diecinueve en dos semanas.

—¿Por qué insistes en complicarlo tanto? —Preguntó, yo temblé bajo el ruido de aquellas palabras—. ¿Sabes todas las consecuencias que causaría si alguien si quiera llegara a sospechar de esto?

—¿De esto? —Arqueé una ceja—. ¿Asumes que existe la posibilidad de algo entre nosotros?

Él negó con la cabeza, como si no pudiese creer lo que acababa de salir de mi boca.

—Estas caminando sobre un terreno peligroso, Isabella. —Advirtió.

—No me importa. —Confronté—. Asumiría lo que fuese si eso significara tenerte, pero eres demasiado egocéntrico como para querer aceptarlo.

—¿Así que egocéntrico eh? —Mostró una sonrisa pesada y luego arrastró sus manos por las hebras de su cabello—. ¿Es que quieres volverme completamente loco?

—¿Acaso lo estoy consiguiendo? —Le reté.

—¡Por un demonio que sí! —Clamó exasperado y de un arrebato se acercó a mí, clavando las palmas a ambos lados de mi cabeza sobre la almohada.

Yo contuve el aire y me quedé muy quieta, sintiendo como su aliento me golpeaba en la jodida cara. Estábamos demasiado cerca, compartíamos la misma bocanada de aire en ese momento.

Sentí que el corazón iba a salírseme del pecho en cualquier momento.

—Te resistes demasiado… —Dije y él cerró los ojos al sentir el calor de aquel susurro.

—No puedo permitírmelo… —Negó y su frente comenzó a descansar sobre la mía—. Si cedo, temo que no haya marcha atrás luego.

—Bastian… —Me acerqué a sus labios, pero él logró evitar el contacto apartando la cara.

Aquel beso no llegó.

—Tengo que irme, si llegaras a necesitar algo, lo que sea…

—Estaré bien. —Le interrumpí, sintiendo como las lágrimas comenzaban a cosquillear.

—De acuerdo. —No quería verle marcharse, pero yo era demasiado masoquista e insistí en querer seguir proporcionándome más daño.

—Si volviéramos a vivir otra vida, ¿me amarías en ella? —Pregunté, él se detuvo en la puerta y bajó la cabeza.

—Solo recuerda que esta vida aún no termina. —Murmuró despacio. Luego, se fue dejándome con una estela de esperanza palpitándome fuertemente en el pecho.

Si existía la sola posibilidad de que Sebastian me amara, por pequeña que fuera, la tomaría, lucharía por ella y asumiría el resto de las consecuencias.

. . .

Sebastian

¿Cómo podría si quiera considerar mirarla con otros ojos? Joder, es que me he vuelto completamente loco, es una cría de dieciocho años y es la hermana pequeña de mi mejor amigo.

¿Qué demonios me pasaba y por qué no podía sacármela de la cabeza?

Y es que ese era mi maldito problema, que la tenía tan metida dentro de mi cabeza que la veía como una mujer hecha y derecha, aquello solo me costaría demasiados problemas. Cada vez que pensaba en ella, no podía seguir imaginándola como una jovencita, aunque lo fuera, mi mente me jugaba demasiado sucio cuando viajaba desde sus pechos hasta sus piernas.

Sacudí la cabeza cuando aparqué el auto fuera del casino. Un grandioso imperio que había construido mi abuelo para desviar fondos de dinero y mantener a la familia fuera del radar de la policía del estado.

—¿Qué te tiene tan preocupado? —Me sorprendió encontrar a Carlo en el vestíbulo, también que intuyera demasiado rápido que algo me pasaba.

A pesar de que mi amistad con Mauro se había afianzado más, manteníamos una buena relación desde hace unos cuantos años.

—¿Un trago? —Ofrecí mientras me dirigía al elevador, supe que él también lo necesitaba, acabábamos de enterrar a su propio hermano.

Me siguió.

—¿Se trata de una mujer? —Preguntó, curioso.

Marqué el último piso.

—Peor que eso, una jovencita que se cree una. —Resoplé y me desajusté el nudo de la corbata cuando entramos a mi oficina.

Si supiera que se trataba de su hermana, me arrancaría la cabeza.

—No me digas, tiene atributos enloquecedores. —Bromeo, pero no estaba equivocado.

—Tiene absolutamente todo para volverme loco.

—¿Y lo hace?

—¿Qué?

—Volverte loco.

Resoplé y di un trago largo a mi vaso después de verter el contenido y ofrecerle de lo mismo a Carlo.

—Venga, cuéntame, porque estoy seguro de que no hablas de tu prometida.

Definitivamente no, salimos a la terraza y contemplamos como la noche se cernía sobre la capital de Italia.

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