EL HÉROE DE SAN JOAQUÍN

El pueblo en el que Don Andrés vivía no existía en los mapa de México porque a nadie le había interesado ponerlo en ellos. A sus habitantes poco les importaba lo que ocurría en el “México exterior”. No contaba con servicios de comunicación o carretera alguna que los conectara con los poblados cercanos. Sólo cuando los niños subían al monte podían ver algunas luces moviéndose allá a lo lejos… muy lejos.

Al igual que el resto del pueblo, don Andrés se alzaba el orgullo y el ego contando historias de fantástico interés propio, pero de poco valor entre las personas que rara vez le prestaban un poco de atención, además de haber abandonado hace mucho la juventud con la que tuvieran un poco de veracidad sus fantasías amorosas con las muchachas más distinguidas del pueblo; pues el hombre rebasaba los sesenta y cinco años y sufría, a sabiendas de todos, de una impotencia casi incurable.

Un buen día don Andrés llegó a La Cantina del Rancho Alegre a convivir con sus compañeros de parranda. Los saludó con gustosa superioridad y pidió que le sirvieran lo mismo que ellos tomaban mientras se alisaba el bigote, se acomodaba y gritaba a pulmón abierto:

—¡Los hombres de este pueblo son gallos y muy machos! Ninguno se raja a la hora de los plomazos al aire o pa' conquistar a las muchachas del pueblo que andan caminando despacito, despacito por el kiosko frente a la catedral de nuestro patrono San Joaquín. Ellas se ponen sus vestidos blancos y sus adornos de colores, sus moños y sus trenzas que se les contonean como sus caderas al caminar —Tomó aire y continuó enérgico gritando su discurso—. ¡Y ahí estaba yo!, contemplando las pantorrillas de las muchachas, cuando llegó Samantita, la hija del dueño del rastro y me dijo: “Don Andrés, si usted me da un beso le juro que le digo a mi papá que le mate sus reces limpiecitas, limpiecitas; y de paso, le regale dos botellas de tequila de las que se trajo hace un año de Jalisco”. Pero yo le dije que a mi me gustan las maduritas y no las manzanas verdes que cuelgan todavía del árbol; que este gallo está pa' andar pisando y no pa' andar sacando pollitas del cascarón.

Los borrachos de la cantina comenzaron a reír mientras don Andrés tomaba asiento y bebía, brindando por su grandeza e ingenio, ignorando que los presentes se burlaban de él y no lo ovacionaban, ya que eran una comedia las charlatanerías que contaba todas las noches.

Más tarde, mientras don Andrés se retiraba a su casa, Óscar, su compadre, le preparaba una treta con los demás compañeros de trago.

—Mañana que venga Andrés le voy a contar un cuento que segurito se lo va a tragar sin agua, pero necesito que me echen la mano pa' que parezca real y no se nos vaya a caer el teatrito… a ver si con eso ya se le quita lo cuentero a mi compadre, un día se va a enterar alguno de los papás de las chamacas y se le va a armar feo.

Y así pasó. La noche siguiente don Andrés se alisó nuevamente el bigote, se aclaró la garganta para recitar otra de sus imaginarias aventuras con alguna muchachita del pueblo.

—Ayer, cuando salía de aquí, me topé con doña Mar, la esposa del boticario sabihondo ése, y me dijo que me quedará a dormir en su casa, que porque se sentía muy solita. Con eso de que su marido anda de allá pa' acá curando gente en las noches, pos le da miedo y…

De pronto fue interrumpido por su compadre. El único que se podía meter entre palabras sin recibir un insulto o una mentada.

—¡Muy macho compadre, muy machote, y salud por su hombría…! — le dijo con un sentimiento de pesadez—. Pero así como usted anda ahí de coscolino, digame… ¿no creé que a su vieja también le da por andar recibiendo fulanos en su casa las noches que usted se avienta sus aventurones calenturientos? — suspiró levemente — Ya ve, con eso de que “ El Arrastrao” andaba rondando la otra vez por su casa…

—¿El Arrastrao? — gritó tratando de no darle importancia para ocultar su preocupación al oír que rondaba a su mujer—. ¿Y ese méndigo quién es?

—¿A poco? ¿no me diga que no ha oído hablar de El Arrastrao, compadre?— se agarró el sombrero con las dos manos, como si una ventisca lo fuera a arrebatar—. Es el mendigo ése que se mete a las casas cuando los hombres no están y les da a las viejas lo que uno no pudo esa noche.

—¿Cómo que lo que uno no pudo anoche?

—Sí, Andrés — Intervino otro de sus compañeros de trago—. Nosotros no nos preocupamos porque tenemos hijos… Pero tú, que no los tienes ya porque se casaron y se fueron a vivir lejos, ¿cómo le haces para vigilar a tu vieja cuando andas de calenturiento por las noches?

—¡A mi se me hace que ya te dieron gane, Andrés! —le dijo el dueño de la cantina, a la vez que la multitud se reía ante la expresión de enfado y preocupación dibujada en el rostro del viejo “Don Juan”—, porque antenoche lo vieron rondando cerca de tus tierras, cargándose una sonrisa de oreja a oreja… y no creo que fuera por los pollos que se metió en una bolsa.

El rostro de Andrés se tiñó de rojo en un tremendo ataque de celos que intentó fallidamente disimular mirando su reloj.

—¡Ah caray! Ya es muy tarde, y me van a perdonar señores, pero tengo que irme para ver a otra chamaca esta noche.

Salió del salón corriendo, tan rápido cómo un joven tratando de atrapar la vida misma.

Óscar, su compadre, miraba al cantinero con sincera preocupación.

—Creo que ahora si se me pasó la mano. ¿Viste cómo corrió el desgraciado? Sacando humo por los ojos, que de por sí ya echaban chispas.

El cantinero lo miró, luego opinó que no debía de preocuparse.

—Ése es un matrimonio bastante fuerte —le dijo para tranquilizarlo—. La verdad, ¿crees tú que Andrés va a pensar que su señora le pone los cuernos?, si es rete tímida y apaciguada. Además, entre la vida y Andrés ya se llevaron sus mejores años.

Por las calles empedradas de San Joaquín corría un hombre emanando chispas y rabia del cuerpo. A pesar de su avanzada edad, don Andrés brincaba sobre los arbustos y piedras, y todo obstáculo que le saliera en el camino.

Llegó a su casa, y antes de entrar escuchó a su esposa riendo a carcajadas en la mesa de la cocina. Parecía sostener una conversación con alguien, pues escuchaba también la voz de un hombre al que no podía ver desde donde estaba. Miró a su alrededor, ¡Algo debía encontrar para enfrentar a aquel hombre, seguramente más joven y fuerte. Vio una pala y un machete recargados sobre un montón de leña vieja y podrida. Empuñó el machete y sigilosamente abrió la puerta de la casa.

—¡Ay Manuel! No tienes vergüenza —dijo su señora.

Esta frase hizo rabiar aún más a don Andrés, quien ahora conocía el nombre de su contrincante: Manuel; seguramente alguien de fuera. En el pueblo no existía ningún Manuel más que el monaguillo, y ese era apenas un chamaco.

—¡Vieja facilota y arrastrada! —gritó don Andrés en el mismo instante que saltaba a espaldas de su esposa para aventarle un machetazo brutal en la nuca. Enseguida corrió rabioso contra su oponente para darle muerte, pero se contuvo y tiró el machete al suelo con el más puro y bizarro terror.

“Soy Manuel Renato, tengan ustedes muy buenas noches”, decía la voz alegre que salia del radio en medio de la mesa, donde su esposa había estado cortando chiles para prepararle unos chilaquiles picositos para su viejo.

Don Andrés se llevó las manos a la boca para ahogar su grito de pánico. Miró el reloj. Eran las 9:00 pm. ¡El programa de Radio…! ¡Era el güey de la música romántica! ¡Era el conductor gracioso y pícaro que oía su mujer en las noches!

Cuando miró el charco de sangre que brotaba de la cabeza de su vieja, agarró el machete y salió corriendo. Dio vueltas en el patio por un instante, soltó el machete y tomó una pala con la que inmediatamente comenzó a cavar un agujero bastante profundo.

—Buenas, don Andrés —Lo saludó la voz delicada y femenil de Gumersindo, el afeminado ese, el muchacho que reparte leche en el pueblo. —¿Le ayudo? Se ve usted rete mal. ¿pos qué le pasa?

Por un momento don Andrés pensó en ocultar su desgracia al muchacho, pero éste lo vio con los ojos empapados en lágrimas y se acercó a abrazarlo para que no fuera a caerse al agujero en un desmayo. El viejo lo empujaba y le pedía llorando que se marchara, pero el muchacho usó su pecho para retenerlo, e insistente preguntó por lo sucedido, hasta que el anciano gritó a todo pulmón.

—¡El Arrastrao, El Arrastrao mató a mi vieja! ¡Está ahí… se murió… la mató!

Gumersindo entró y comprobó que la señora estaba muerta, con la cabeza casi partida a la mitad.

—¡Lo voy a buscar, chamaco! —dijo don Andrés cuando agarraba el machete —¡Lo voy a buscar y lo voy a matar!

Se levantó y se alejó gritando groserías al aire. Se perdió en la noche oscura como un alma en pena, blandiendo amenazante el filoso machete.

Minutos más tarde llegó a las calles empedradas del pueblo. Desesperado comenzó a buscar al asesino. Estaba tan pasmado en su odio por sus acciones que su propia mentira se volvió su verdad. Estaba dispuesto a tomar venganza contra el asesino a toda costa.

Corrió tan desesperadamente que casi pierde el aliento. En una esquina se encontró con Delfíno, otro de sus amigos de parranda que rondaba ebrio por las calles.

—¿Pero qué traes Andredito? —preguntó con escasa dicción y equiilibrio.

—¡Mataron a mi vieja! —lloró rabioso don Andrés—. ¡El Arrastrao! ¡El méndigo mató a mi señora! Prestame tu pistola!, ¡prestamela pelao, que ya sé por dónde se fue!... ¡Damela antes de que se pele!

Delfino lo miró atónito, desenfundó su pistola y lo vio alejarse entre la fantasmal noche.

Caminó Andrés por las calles del pueblo alrededor de dos horas hasta que llegó a un callejón con balcones y flores muy coloridas. Su sombra parecía seguirlo por las paredes y esto enloqueció aun más al confundido hombre. Escuchó un ruido; eran cascos golpeando el empedrado a trote por la penumbra. Se escondió y agarró la pistola con mano temblorosa, apuntando a la nada con el pulso hecho añicos.

El caballo asomó la cabeza entre la noche. Su jinete lo montaba con una alegre sonrisa y un antifaz, sostenía en la mano derecha un enorme ramo de rosas. Sus ojos radiaban de amor. Tarareaba la más hermosa melodía de Javier Solis.

Andrés lo observaba fijamente. Siguió su trayecto con la mirada hasta que se detuvo bajo un balcón donde la luz aún estaba encendida. Lanzó un silbido y una mujer salió a recibirlo vistiendo el camisón de dormir.

Era Lupe, la esposa de oscar. No podía ser otra. En el pueblo ninguna cuarentona conservaba como ella la figura de quinceañera coqueta.

El hombre se paró sobre la silla del caballo y trepó por los barrotes del balcón para conseguir el premio de los labios de la señora, le entregó las flores y le sonrió. La sonrisa dulce del enamorado se apagó en el instante en que un seco sonido atravesó el aire y los pulmones del enmascarado, que antes de tocar el suelo había muerto. Golpeando la calle junto al grito de terror de Lupe, que atónita exclamaba:

—¡Auxilio, auxilio!... ¡Por favor… ayudenme! ¡Mataro a Óscar! ¡Mataron a mi viejo!

Dos vidas se había llevado don Andrés aquella noche.

Corrió por el callejón, alejándose de su difunto amigo y de las luces vecinas que se encendían sin darse cuenta que un par de ojos lo vigilaban a la distancia. Anduvo entre los árboles y se extravío hasta llegar a un camino de tierra. Había recorrido el monte durante varias horas. El sol ya había salido.

—Buenos días —se acercó un muchacho en mallas y jersey de ciclista. —Disculpe, hace rato me pegó un camión y vea cómo dejó mi bicicleta. —señalo un montón de fierros en el camino—. ¿Sabe usted dónde puedo encontrar un teléfono? Necesito que vengan por mí.

—Vas a llamar a la policía… verdad? Pero… si yo no hice nada, ¿Por qué vas a llamar a la policía? — le susurró Andrés apuntándole con la pistola en la frente.

—Cálmese señor. Yo no quiero llamar a la policía, yo solamente quiero que vengan por m…

Una bala le perforó la cabeza. El atlético cuerpo de el joven cayó inerte al terroso terreno del camino.

—¡¿No que no, mendigo Arrastrao?! —gritó victorioso don Andrés al cuerpo mientras le pateaba el costado. —¿ya ves? Por andar de calenturiento, ¡Por matar a mi vieja que era tan buena! Y… y… y a mi amigo de toda la vida ¡Ay Óscar, ¿Por qué te fuiste?

Arrastró el cuerpo del muchacho hasta el pueblo. En el camino se detuvo un momento pues creyó que lo observaban, pero al comprobar que nada pasaba caminó con paso de victoria hasta llegar a la puerta de la iglesia.

Levantó la pistola y soltó tres disparos al aire.

—¡Aquí está el asesino de la noche! ¡Aquí está el mendigo Arrastrao foráneo que asesinaba y ultrajaba!

Poco a poco las personas del pueblo salieron de sus casas y se fueron sumando a la muchedumbre que se aglomeraba frente al cuerpo fallecido del ciclista.

—Este méndigo foráneo mató anoche a mi señora esposa y también al esposo de doña Lupe, a Oscarito mi amigo, era mi amigo desde chiquillos, cuando íbamos a cazar alacranes y regresabamos con lagartijas… ¡Ay Oscarito! ¿Por qué te fuiste?, ¿por qué te fuiste?

El cura del pueblo, quien era la mayor autoridad en San Joaquín, cruzó las puertas de la iglesia y se dirigió a la muchedumbre:

—Hermanos, el diablo llegó a San Joaquín y mató a dos de los hijos del señor. El castigo que merecía se lo dio este buen hombre… don Andrés, que valientemente se enfrentó a las garras de los seguidores de satanás y trajo consigo el cuerpo sin vida y condenado de este foráneo asesino, que seguramente viene de las malditas calles infernales de la capital —levantó la voz tratando de convencer a la gente de hacer algo mandado por la voz de Dios— Polvo eres y en polvo te convertirás! ¡ya es hora de que este polvo maligno vuelva a las entrañas del infierno! Prendan un fuego y echen a este hombre en las llamas para que su alma regrese al infierno al que pertenece.

Mientras el fuego consumía al ciclista, don Andrés fue cargado en hombros como si fuera un héroe. “¡Viva don Andrés!”, gritó una voz, “¡Viva el héroe de San Joaquín!”, gritó otra, y a ésa le siguió en coro el bullicio del resto del pueblo, que vitoreaba y ovacionaba a su nuevo protector. Aquellos de la cantina que sabían la treta de Óscar y la invención del personaje, callaron por miedo a la protección que le ha dado el pueblo al nuevo héroe.

Durante los días siguientes, don Andrés se sentía esculpido por las manos divinas. Había sepultado con ayuda del cura a su mujer esa misma tarde en el cementerio de la iglesia. A la vuida de Óscar le mandó flores y notas de consuelo.

Por dónde pasaba recibía ofertas, invitaciones y regalos: “Oiga, don Andrés, llévese un lechón, de regalo”, le ofreció uno de los comerciantes del pueblo; “Don Andrés, don Andrés” lo detuvo uno más en la esquina, “El mes que viene mi hija va a cumplir sus quince años y… pues quisiera que fuera el padrino del pastel”. ‘Don Andrés, don Andrés”, interrumpió el padre, “acuerdese que el domingo le voy a hacer su misa, no se le vaya a olvidar”

Pero el sábado siguiente se encontró solo en su casa, triste y sin ilusión. Volteaba a ver el radio viejo y lloraba mirando la estufa apagada. Extrañaba a su mujer como nunca había extrañado a alguien.

—Don Andrés —entró Gumersindo—, si en verdad extraña a su mujer, ¿por qué no lo demuestra en el pueblo?

—¿Y pa' qué?, ¿pa’ que vean que soy débil? —repuso secándose las lágrimas—. No muchacho; el pueblo necesita un héroe fuerte de mente y corazón… aunque su corazón esté roto y solo.

—Pues si usted quiere don Andrés —ofreció coqueto y tímido el joven— yo le puedo ayudar a no estar solito.

Don Andrés se levantó de un brinco haciendo una muecha desaprobatoria.

—¿cómo que me ayudas?. Pos qué, ¿a poco crees que este león es de tu condición? —Se levantó el pantalón hasta la panza con movimientos machos y violentos, reafirmando su hombría. —No muchacho, una cosa es estar solo y abandonado por la suerte, y otra muy distinta es voltearse pa'l otro bando nada más por que un muchacho mariposón quiere apapacho de macho.

Gumersindo se acercó y le dijo en un susurro cerca del oído:

—¿O prefiere que le diga al cura cómo murió su esposa, el borracho de Oscarito y el ciclista foráneo en el camino?

Don Andrés se estremeció en las entrañas y miró con miedo y desconfianza.

—¿Qué quiere muchacho?

—Pues… en la misa del domingo le dice a todo mundo que yo le ayudé a atrapar a El Arrastrao cuando lo correteaba en el monte —se acercó coqueto para hablarle con los labios de ambos muy cerca—, y yo le juró que nunca le voy a decir a nadie lo que pasó de verdad, siempre y cuando usted me cumpla como hombre… como mi héroe.

—¡¿Qué te cumpla, muchacho?! ¿Estás hablando tú y yo…?, ¿cómo?... —Se estremeció don Andrés al imaginarse en los brazos amorosos de Gumersindo.

—Nomas cuando estemos solos; a menos que le guste el calorcito del fuego y las pedradas que le darán los del pueblo cuando sepan quién es el verdadero asesino. —le besó la mejilla.

Don Andrés tagó saliva cual tequila. Miró temeroso a Gumersindo a los ojos, lo abrazó por la cintura y con romántico tono le dijo:

—¿Y cómo quieres que te diga? ¿Gumersindo o nomás “mi gumer?.

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