Capítulo LXXI

El herrero afila mi katana con una lija manual, la cual funciona con pisotones suyos. Me saludó como siempre; una pequeña mueca y una inclinación. Esta vez no hay tema de conversación, al parecer.

—¿Le has dado un buen eso?

Me precipité.

—Claro, eh, sí.

Enarca una ceja.

—Siempre maneja su filo de manera diagonal o un intento de horizontal, pero con unos grados menos o más.

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