— ¡No! ¡No quiero entrar allí! — grita Samantha.
Samantha se ha puesto eufórica cuando la camioneta ha estacionado justo enfrente de lo que parecía ser una casa ubicada en medio de la nada, aquella casa estaba vieja, más, sin embargo, era bastante grande, era de tres pisos, y a su alrededor no había más que no fuera campo abierto rodeado de pura naturaleza, de hecho, hasta tenían una granja dónde había animales como cerdos, gallinas y vacas.
Los hombres que habían acompañado a la monja hasta