Liliana Miller
El reloj de la pared marcaba las 8:30 p.m. cuando finalmente cerré con llave la puerta de mi oficina. El sonido resonó por el vacío pasillo ejecutivo como el último clavo en otro largo y agotador día.
Me dolían los hombros. Los pies me palpitaban dentro de los tacones. Lo único que quería era llegar a casa, quitarme esta rígida armadura corporativa y desaparecer bajo una ducha caliente donde nadie pudiera exigirme nada.
Pero sobre el mostrador de mármol del baño ejecutivo me espe