— Entonces… Te enamoraste de tu esposa falsa. — Repitió Diego por enésima vez, el amigo y abogado de Edan, hablando por encima del bullicio del club, sin poderlo creer.
— ¡Que no es mi esposa falsa! Tú mismo fuiste testigo de que nos casamos de verdad. — Reiteró Edan, mucho más frustrado de lo que había llegado.
— Sí, pero no te casaste con ella precisamente para hacer un matrimonio real. — Profirió Diego, alucinado con la ironía que vivía su amigo.
— ¿Vas a repetir lo mismo una y otra vez o