Rosas.
*Tres días después.*
Anaís llegó a la empresa, se sorprendió al ver que aún no llegaba su jefe, luego se recriminó internamente por estar pensando en él.
«No tienes por qué estar, pensando en ese ser tan engreído».
Se cambió la ropa, su uniforme lo amó, ya que no era un diseño tan feo como se lo había imaginado.
Un par de horas después, una de las secretarias tocó la puerta del laboratorio.
—¡Adelante!
—Doctora, han dejado esto para usted.
Anaís, al girarse, se encontró con la sorpresa de un p