—¿Cómo estamos seguros de que no la dejaste llevarse el trato con D’agostino? —preguntó Dominico.
Era uno de los socios más antiguos y leal a Filippo, al igual que otros tres. Podría no decirlo abiertamente —era demasiado cobarde para eso—, pero Paolo lo sabía. Al sujeto no le importaba que Filippo había secuestrado a su propia hija para quedarse con la empresa.
Había esperado la pregunta, pero no por eso lo molestó menos. Estaba harto de tratar de demostrarles su valía. No tenía que demostrarl