Después de que Emma finalmente se entregara al sueño, eran ya cerca de las nueve. Ana estaba por sumergirse en un baño reparador cuando la figura de María se recortó en la oscuridad de la noche. Desolada, apenas visible bajo el manto estelar, Ana no dudó en invitarla a entrar, preguntándole en un susurro:
—¿A qué se debe tu visita a esta hora?
La voz de María, quebrada por el llanto, apenas logró articular después de un instante, mientras sus ojos, rojizos e hinchados, revelaban su tormento:
—¡M