Creía que ya estaba resignada, que ya había tocado fondo. Pero escuchar esas palabras aún me dolía, una punzada en el pecho que me dejó sin aliento.
Le cerré la puerta de golpe. Oliver soltó un gemido de dolor al apartar la mano a tiempo.
Con un ruido seco, cerré la puerta.
Para él, todo podía borrarse y seguir adelante. Para mí, no.
Dora y yo nos dejamos caer en el sofá, ambas agotadas emocionalmente.
La miré y le pregunté:
—¿No te arrepientes de todo lo que invertiste en Otto? Fueron tres años