GRACE REED
Caminar de un lado a otro en la sala de estar del penthouse estaba empezando a desgastar la alfombra de mi esposo. Ya debía haber dado unas quinientas vueltas entre el sofá y la enorme pared de cristal con vista a la ciudad de Nueva York.
Miré el reloj en la pared. Pasaba de la medianoche.
Me llevé la uña del pulgar a la boca y empecé a morderla. Un pésimo hábito que juraba haber dejado. Pero, para ser justa con mi ansiedad, nunca había pasado por un día en el que casi fui arrestada