GRACE REED
El sol apenas empezaba a amenazar con salir en el horizonte cuando las puertas del elevador por fin se abrieron en el penthouse. Eran aproximadamente las seis y media de la mañana.
Estaba exhausta. Los pies me palpitaban dentro de los zapatos cómodos que usaba en el hospital, y sentía que los hombros se me iban a trabar.
Caminé descalza, dejando mis zapatos olvidados en la alfombra de la entrada. El piso frío alivió la planta de mis pies. Me imaginé que, a esa hora de la mañana de