GRACE REED
Después de la desastrosa llamada con mis padres, Dominic cumplió su promesa del desayuno. O mejor dicho, del banquete. El carrito de servicio que entró a la habitación parecía sacado de una pintura renacentista: frutas exóticas, croissants que se derretían en la boca, jugos de colores vibrantes y un café tan aromático que parecía abrazar el alma.
Comimos en la terraza, bajo el suave sol de la mañana, con el sonido de las olas rompiendo a lo lejos como banda sonora. Dominic estaba más