—Tú… los… mataste —le grité una última vez, soltando toda la rabia y el dolor que me comían por dentro
Martín, hecho polvo, abrió la puerta a tientas, sin verme, sin mirarse, salió tambaleando, con la cara hundida entre las manos, huyendo de la verdad, huyendo de sí mismo
La puerta se cerró detrás