El eco de la risa de Rodolfo aún resonaba en mis oídos, una burla cruel que se mezclaba con el zumbido distante de los ascensores y el murmullo de la recepción. Me quedé allí, inmóvil, en el centro del lobby, con los puños apretados y la mandíbula tensa, sintiendo cómo la sangre me hervía en las venas. La revelación de Rodolfo me había golpeado como un rayo, desnudando mi plan más íntimo y dejándome expuesto, vulnerable.
Él lo sabe. Sabe todo.
Respiré hondo, intentando calmar el torbellino de e