Soldados con uniformes militares y con espadas colgando de la cintura, salieron de los vehículos blindados. Parecían estar a punto de ir a la guerra; sus ojos eran tan agudos como los de un halcón.
Una simple mirada suya podía asustar a cualquiera.
Casi mil soldados del Campamento de Espada se escondían en las sombras. Algunos ya habían sellado la puerta trasera de la Mansión Nueve, mientras que otros se encontraban a cientos de kilómetros de distancia para vigilar la situación desde lejos.
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