Habían pasado cuatro días desde la muerte de mi madurito. No salía del cuarto, pasaba los días en la mecedora que tenía en el balcón de la habitación que daba al jardín de la casa; así hiciera frío, sol, lluvia y dependiendo del clima me ponía una cobija encima de lana, en las noches si ingresaba al cuarto, pero no lograba conciliar el sueño y prefiero estar en cualquier parte del cuarto menos en la cama, porque ya no estaba mi marido.
En el día me sentaba a ver si la brisa se llevaba el sentim