—Ningún inocente debe ser castigado, y nadie que lo merezca debe escapar de ello —dijo Diego con frialdad, clavando sus ojos en los de Daniela.
Ahora sí que tenía miedo. Un pensamiento temeroso en el fondo de su mente le advirtió de que aquel hombre podría ponerla en peligro de muerte si no andaba con cuidado.
Las lágrimas empezaron a caer de sus ojos.
—Por favor, perdóname. Me equivoqué al decir lo que dije. Te juro que no era mi intención.
—¿En serio?
—¡Sí, sí, lo juro! No quise ponerla en pel