Diego salió del edificio de López Inc. y subió a su carro. La agradable sonrisa de su rostro desapareció al instante.
—Ya está hecho, jefe —le informó alguien.
Diego asintió.
—¿No habéis dejado ningún rastro?
—Ninguno. Puede confiar en nuestra habilidad, jefe.
Diego volvió a asentir, satisfecho. El hombre continuó:
—Pero jefe, ¿qué le ha hecho ese chico Cruz para que nos haya mandado a por él?
Era la primera vez desde que habían vuelto al país que el jefe les enviaba a un trabajo, así que esta