Al escuchar eso, Diego arqueó una ceja.
—¿Ah, en serio? Genial. Yo también pensaba que no acosarías a Sofía.
—Señor Paredes, tiene usted una imaginación desbordante —se burló Julio y se marchó, sin intenciones de seguir hablando con él. Diego sonrió al verlo y se dirigió al despacho de Sofía.
Era casi mediodía y Sofía ya había concluido la atención de todos los pacientes de la mañana. Al verle, le dijo:
—Diego, ¡qué oportunidad! Estoy a punto de salir del trabajo.
—Qué bien. ¿Comemos juntos? —Él