Diego y mi madre llegan unas horas más tarde, cuando ya se ha hecho de noche. Escucho el suave murmullo de sus voces entrar en casa, y mi padre y yo nos miramos brevemente por encima de la mesa de cocina, en silencio. Apenas unos segundos después, mi madre es la única que cruza el umbral de la cocina con una sonrisa serena.
—¿Ha ido bien? —pregunta mi padre, dejando la pantalla del portátil a un lado.
Ella asiente mientras se quita la bufanda con movimientos lentos, como si saboreara el momento