DAMIÁN
El aire de Londres tiene algo que lo hace distinto. Tal vez sea la humedad que se siente en cada respiro o el olor a asfalto mojado que parece impregnar cada rincón.
Mi oficina aquí tiene una ventana que da hacia el Támesis, pero en este momento, la vista no me importa. Todo lo que puedo hacer es observar las cifras en mi escritorio y sentir cómo la ira crece en mi interior.
La empresa automovilística que construí desde cero se tambalea. Mis empleados están tensos, y lo entiendo. Desde mi