La paz en la Toscana era una prenda de seda fina: hermosa a la vista, pero incapaz de proteger contra el frío de una herida abierta. Para Gabriel Vance, el silencio de las colinas de Siena no era un bálsamo, sino un recordatorio constante de la violencia que latía bajo su piel, una vibración que no se calmaba ni con el sol más radiante ni con el vino más dulce de las bodegas de la Villa de las Sombras.
La tarde se desvanecía en un resplandor de oro viejo y ámbar, bañando los campos de vides con