El eco metálico que provenía de las entrañas del refugio era un latido agónico que deshacía la poca cordura que le quedaba a Gabriel. Se quedó inmóvil en la cama, fingiendo que el sueño lo reclamaba, mientras sentía cómo el peso del cuerpo de la mujer volvía a hundir el colchón a su lado. Ella se acomodó con la gracia de un felino satisfecho, exhalando un suspiro de paz que resultaba insultante ante la carnicería emocional que acababa de ocurrir.
Gabriel esperó. Contó cada una de sus respiracio