Al sentir las manos sobre su virilidad, Carlos Gabriel emitió un placentero gemido. Observó con la mirada ensombrecida a Pau y se reflejó en su azulada mirada. Enseguida la tomó con sus grandes manos por las mejillas y acercó sus labios a los de ella, besándola de manera apasionada. Con cada roce de sus lenguas, la llama de la pasión despertaba más y más, sintiendo como sus cuerpos comenzaban a arder como leña en la hoguera, ante el deseo de entregarse, amarse y volverse uno solo.
Luego de que