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[VAL]
Doy un último vistazo a mi atuendo en el espejo, esperando que este sea ya el definitivo. Llevo media hora probándome la ropa más decente de mi guardarropa; no quiero echar a perder mi primera entrevista de trabajo por no vestir adecuadamente.
Aliso mi falda tubo negra, que me llega hasta la rodilla, abrocho el botón del escote de mi blusa blanca de manga larga y me coloco una pequeña y elegante corbata. Mi intención es ir lo más presentable posible. Mi cabello castaño cae suelto en ondas por mis brazos; solo he usado un poco de fijador para controlar esos mechones rebeldes que suelen aparecer cuando el pelo se seca. El maquillaje es lo más natural posible: no suelo usar cinco sombras diferentes, voy a una entrevista en una de las editoriales más importantes del país, no al circo ni a una fiesta de disfraces. A la abuela le da risa que lo diga, pero no me lleva la contraria.
Por último, mis zapatos: son negros y de tacón alto. Me lastiman un poco los pies ya que no estoy acostumbrada a usarlos, pero dado que debo dar una buena primera impresión, tendré que soportarlos al menos durante la mañana, hasta que la entrevista acabe.
El espejo me da su aprobación justo a tiempo, ya que, en segundos, Mark, mi novio, comienza a tocar el claxon para que me dé prisa. Me acerco a la ventana, la abro y me asomo. —¡En cinco minutos bajo! —aseguro con fuerza para que me oiga. Él rueda los ojos mientras sus dedos golpean el volante con impaciencia y asiente a regañadientes. ¿Y así dice que me esperará toda la vida? Sea como sea, así de "dulce" es él y así me enamoró; no puedo culparlo. Tenemos nuestros momentos dulces que me hacen estar segura de que él es el correcto. La abuela lo adora —aunque no lo diga— o bueno, al menos lo acepta, que es lo importante.
Antes de bajar las escaleras, me miro en el espejo una vez más y sonrío; pero esta vez no por mi reflejo, sino por la foto pegada en una de las esquinas. En ella estoy abrazada a mi madre, quien me dejó hace un par de años con la abuela. Estaba enferma y... quizá es mejor no recordar, no quiero que se me corra el maquillaje. Le lanzo un beso a la foto y le pido que me ayude en esta nueva etapa de mi vida antes de salir de la habitación.
—¿Te vas, mi cielo? —Se hace tarde, abuela. Mark está esperándome en el auto. —Sí, ya lo escuché —rueda los ojos y deja el plato del desayuno en la mesa—. No me agrada ese chico. —Ya lo habíamos hablado, abuela. Y lo volvería a discutir, pero de verdad voy tarde —digo consultando mi reloj de pulsera. La abuela es muy directa y, sí, lo acepto: odia a Mark. Pero respeta nuestra relación y siempre me da los mejores consejos; por eso es la mujer más ejemplar y valerosa de mi vida. La adoro. Ella me cuidó y me apoyó para terminar la universidad tras perder a mamá. Le debo tanto que no me imagino sin ella.
—De acuerdo, no diré nada. Solo seguiré pidiéndole al cielo, en silencio y en secreto, que lo dejes algún día. —Por cosas como esa eres mi persona favorita —me río. Como cada mañana, me da su bendición, un abrazo y me pide que me cuide mucho. Con un asentimiento y un gesto de la mano, me despido y salgo de casa. Mark debe estar más que desesperado.
—Te tardaste, Val. Estaba a punto de aceptar la invitación de Carlos para ir a su casa a ver el partido de los Yankees —suspira molesto. —Lo siento, la abuela me estaba dando la bendición —dije sin mirarlo, abrochando el cinturón de seguridad. Mark bufó. —¿Ya me quiere? —Ya te acepta —confesé. Decir mentiras no es lo mío. Mark arrancó el auto y lanzó el chicle que masticaba a la carretera, algo que me pareció asqueroso, pero preferí no decir nada.
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—Señorita Woods... Señorita Woods... —escuché mi nombre a lo lejos, pero los párpados me pesaban demasiado como para intentar abrirlos—. ¡Valentina Woods!
Despierto de golpe, tirando los documentos que tenía sobre mis piernas. —¡Yo...! ¡Soy yo! ¡Valentina Woods! —exclamo con premura, impactada por la forma en la que me despertaron y con el corazón latiendo a mil por hora. Siento un sudor helado bajar por mi espalda seguido de un escalofrío; no obstante, trato de calmarme para no decir una estupidez. Escucho las risas burlonas de las dos chicas sentadas en la fila frente a la mía, pero decido ignorarlas. Por actitudes como esa el mundo está cada vez peor.
La elegante chica rubia de cabello corto me mira de pies a cabeza con desaprobación, hace una mueca de fastidio y vuelve a hablar: —Recoja sus cosas y sígame —ordena. —¡Qué vergüenza! —dice una de las tipas. —Esto será fácil —suelta la otra entre risas.
No me molesto en verlas; no quiero llenarme de odio por personas banas. Si algo he aprendido de la abuela es a ver, oír, ignorar y callar; porque donde la ignorancia habla, la sabiduría calla. Es como cuando preguntan: "¿Quién está más loco? ¿El loco o el que sigue al loco?". Tú decides cuál de los dos eres. Y yo no seré la loca que siga sus inseguridades.
La primera señal de que esto no sería fácil, pero tampoco estaría perdido, es que de pronto una de las chicas grita horrorizada, seguida por la otra que suelta un "¡maldición!" en voz alta. Al voltear, ambas están empapadas de lo que parece ser capuchino, totalmente manchadas. Al levantar la vista hacia el culpable, me quedo con la boca abierta.
—¿Estás bien? No contesto... no soy capaz. Sus ojos son claros, pero no llegan a ser azules, son muy extraños y llamativos. Su cabello castaño está pulcro y ordenado, y su voz... ¡rayos! Su voz es dominante, hecha quizá para un dios griego. Todo él es alucinante. Se agacha y me ayuda a recoger mis cosas; ni siquiera soy capaz de agradecérselo.
Si antes no podía hablar, cuando sonríe y me entrega mis papeles, siento algo arder en mi estómago y me quedo en blanco. O no tan en blanco, ya que cuando estoy nerviosa suelo soltar datos triviales sin poder controlar mi bocota: —En el palacio de Versalles no había baños.
¡Mierda! No dije eso, ¿verdad? —Pues qué suerte que su entrevista sea aquí —suelta él en medio de una sonora carcajada.
Algo me dice que el empleo no será mío.







